viernes, 30 de mayo de 2008

La "Gorda" desconocida


Decidida, igual consultó a su compinche y el ¡dale! la empujó.
El stand en la Feria del Libro vendía un slogan; “La escuela va a la escuela”. El Ministerio de Educación invitando a creer.
Miró a la cordial joven y con su simpatía y candidez a prueba de balas le espetó suelta de cuerpo;
-La escuela va a la escuela, ¿pero cuando va el gas a la escuela?-
La promotora con ojos de dos de oros, azuzó a “La Gorda”, para que le cuente (un nombre cualunque que no pinta su magnífico porte).
Su escuela, “la 6”, -una de ellas-, de Villa Riachuelo, -ergo Lugano-, no tiene gas y por esas cuitas del tramiterío, recién llegará en noviembre.
Sus carenciados y tan amados “chicos” vivirán un freezer con bandera.
Esto; en un barrio donde la pobreza es generosa en dar no es poca cosa.
Un barrio donde 7000 pibes no tienen bancos. Ni aulas. Ni comida.
Un distrito, el 21º donde sus autoridades, al decir y ver de todos, trabajan hasta la inmolación para rasguñar algo de un mejor destino para esas almas. Donde el voluntarismo impune, hace que a diario salgan “charters” llenos de chicos que van y vuelven desde sus colegios a los de otros barrios con más bancos y más platos.
La promotora en total sintonía, la invitó a garabatear su pedido en un cuaderno de porte engañoso.
La Gorda estampó su súplica con la tozudez de su fe y su única conciencia posible; la mejor.
Pero el cuadernito no mentía. Pocas semanas y el Director que la llama al pie.
Una nota urgente anunciaba que en breve recibirían elementos de calefacción para amenguar las frescas por venir.
Turulatos los dos, -el que desconocía la iniciativa y la que jamás pensó que la respuesta sería pronta y positiva-, se dieron un abrazo.
El Director fortalecido quiso contárselo a todos. Docentes y chicos.
La Gorda solo lo dijo una vez; nadie se enteraría. Nadie conocería a la “chica de la película”. Entonces culparían a la merced del Ministerio de Educación.
Pero la información es la gota que agujerea la piedra.
La verdad fluye entre unos pocos.
La de una maestra sin un mango en la feria, pero curioseando al paso de un legionario francés.
La que no quiere que se la nombre. La que se avergüenza con el mínimo cumplido.
La que como tantas otras se rompe alma y garganta cada día con la misma pasión.
Una de tantas de las que trabajan con más coraje que razón y con una paga irrazonable.
Vaya este testimonio de este casual conocedor de la “locura” de LA GORDA.
Es una buena mina. Como tantas otras.


NITO LUGA

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