La Lola única
El 9 de Junio se cumplieron 140 años de su nacimiento.
El de una salteña menuda y cobriza que vestía unos pantalones indefinibles para trasegar el sacrosanto mármol de Carrara.
La que se dio el lujo de viajar, de vivir sola (hasta su frustrado casorio en 1909, con un joven 17 años más joven) y de hacer lo que quiso, pero con un capricho histórico y cardinal en la historia del arte nacional: darle forma y lugar a la única gran obra que jamás nadie le encargó: la Fuente de las Nereidas.
Lola Mora, de la mano de gobiernos que la desalentaron con ganas abandonó su razón de vivir: la escultura. Hoy poco se sabe de ella y en especial de su obra sobre la que no se ha realizado ningún estudio concienzudo de su legado artístico ni de la espléndida mujer que fue.
Sale un olvido para una Lola.
La otra Lola
La Escuela de Bellas Artes “Lola Mora” esta enclavada en pleno corazón del barrio General Savio (Lugano I y II).
“El Lola” carga 1400 alumnos. Chicos que demuelen cada día el sambenito de “raros”, “loquitos”, ¿“artistas”?”, que le cuelgan algunos cultores de don Cesare Lombrosio.
Con treinta y tres promociones de docentes de bellas artes es una factoría inagotable de artistas locales. Del sur. De Lugano y aledaños. Los que cada día de dios llegan a esta casa que exuda buenas artes. Chicos que han vencido su purgatorio de “comercial, bachiller o industrial” y explotan hormonas de colores, trazos y figuras a rabiar.
Pero “El Lola” no la lleva fácil. Sus achaques los sufren alumnos y docentes con tozuda estoicidad.
Alumnos y padres en un solo ente enumeran los padecimientos del Lola. Los docentes asienten en silencio en aras de su salud laboral.
El Lola fue pintado de pies a cabeza. Taparon cada retazo de vida de alumnos pretéritos y de los de hoy. La pintada dañó el corazón del Lola y los pulmones de algunos de sus chicos que terminaron en las viejas camas del Piñeyro.
Por ese ¿beige? cansino que hoy lo cubre, salieron de las arcas que atiborran nuestras tributaciones la friolera de $824.908,76, según ostenta el cartel de la entrada. Lo que se dice una pintura pésima en un altar de pintura sublime.
Los baños. Más aptos para trincheras abandonadas de la 1ª guerra mundial que para seres humanos pacíficos pero con la misma opción. Sin agua y sin luz. O peor aun, el agua sobreabunda desde las pérfidas goteras.
La luz: el documento de identidad de cada artista, pero que por merced del paso del tiempo, el ruinoso cablerío transmuta a los artesanos del Lola en perfectos inmigrantes ilegales. Si se enciende un calefactor; en el mejor estilo Copperfield se mueren las luces de otras aulas y así cada diaria.
El gas está lejos de las estufas y el frío los torna en aquellos artistas de otrora que morían si pasaban del azar de un mecenas con hogar de leños.
El Lola está cercado.
Su perímetro creativo está rodeado por una cerca que invita a los amigos de los bienes ajenos a violarla en todas las formas posibles, y así, alumnos y docentes sufren a plena luz del día atracos con mayor o menor suerte. Su patio trasero es tierra de nadie. Las rejas tienen bocas que nadie cierra y que se escupen ladronzuelos que lastiman más de lo que rapiñan.
Los alumnos y sus padres, es obvio que se fatigan en las carencias de su amada escuela. Lo bueno lo saben de sobra y no es poco; son esos chicos que se parten el lomo para doblarle el brazo a su destino de hijos de un sur escaso en oportunidades pero resistente en dignidad. Dicen: “El arte es una manifestación que va junto con el hombre y es así que donde hay humanos hay arte”. Como en el Lola.
Lolas del mismo apellido; Mora. Vidas que de tan paralelas estremecen.
NITO LUGA